Un cuarto de siglo de Programas de Desarrollo Rural: de la incredulidad a la imprescindibilidad

La Profesora Titular de Geografía de la Universidad de Valladolid, Milagros Alario, habla de los 25 años de los programas de desarrollo rural

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Cuando hace veinticinco años, allá en los albores de la última década del siglo pasado, se empezó a hablar de unos nuevos programas de desarrollo rural que venían “de Europa” y que tenían un ambiguo nombre “LEADER”, las reacciones se dividieron entre el entusiasmo, la incredulidad y el desprecio. Entusiasmo de quienes compartían la necesidad de desarrollar nuevas alternativas productivas que generaran más dinamismo económico y social en nuestros pueblos; incredulidad entre quienes pensaban que ya estaba todo inventado y que no era posible romper con la dinámica de deterioro demográfico de los espacios rurales determinada por una monoespecialización agraria irreversible; y desprecio por quienes consideraban que toda iniciativa orientada a un desarrollo rural no solamente agrario estaba condenada al fracaso y apenas supondría la emergencia de algunas iniciativas puntuales sin alterar la dinámica social y territorial rural.
El tiempo, como siempre, ha puesto a cada uno en su lugar y hoy, desde las distancia, nos permite hacer un balance de lo que han supuesto estas iniciativas en nuestros pueblos. Es obvio que la realidad rural es compleja y, según qué tipo de espacios rurales, los resultados obtenidos son muy diversos. Tampoco podemos saber qué habría ocurrido de no haber existido los programas LEADER ¿acaso habría ocurrido lo mismo en nuestros pueblos sin ellos? Ante la duda, esta modesta reflexión debe tomarse como lo que es, la visión personal de una investigadora que desde la academia acogió con entusiasmo la propuesta del nuevo desarrollo rural, que ha seguido con interés su aplicación, con sus luces y sus sombras, y que, desde la distancia de la no implicación, puede dar una visión que complemente la de los actores principales: los habitantes rurales y los gestores de los Programas LEADER.
La primera pregunta obvia es si se ha conseguido una diversificación económica real en nuestros pueblos. La percepción que los medios de comunicación, las administraciones e, incluso, los estudios científicos, nos trasladan es la de unos pueblos que han dejado de ser agrarios y en los que las nuevas actividades relacionadas con los servicios y el turismo rural están cambiando los perfiles económicos. Como en toda afirmación, hay algo de verdad, ya que la emergencia de nuevas actividades económicas, especialmente aquellas derivadas del turismo y el desarrollo de nuevas PYMES relacionadas con la valorización de productos locales (artesanía, agroalimentaria…) han ayudado a generar nuevos mercado laborales, de especial interés para colectivos de difícil inserción como las mujeres y jóvenes cualificados. Según los datos de la Tesorería de la Seguridad Social, el 10% de los trabajadores ocupados en los pueblos de Castilla y León se inscriben en servicios turísticos (alojamiento, restauración y hostelería), con la mitad de peso que las actividades agrarias, y por detrás del comercio y la construcción. Sin embargo, los contrastes territoriales respecto a estos resultados son muy grandes y la calidad de los trabajos y sus rentas dejan mucho que desear. Son las áreas de montaña las más beneficiadas del desarrollo del turismo rural y, en la mayor parte de los casos, se trata de trabajos que no permiten una autonomía económica y, por lo tanto, se conciben como rentas familiares complementarias.
La segunda pregunta pertinente es si han conseguido estos programas frenar la sangría demográfica de nuestros pueblos. Un simple vistazo a la evolución de población empadronada nos da una rotunda respuesta: no. Nuestros pueblos han seguido perdiendo población porque estas nuevas actividades permiten, si acaso, evitar relativamente la fuga de personas o mejorar la calidad de vida de las que permanecen pero, solo muy puntualmente han atraído nuevos pobladores, y con una distribución también espacialmente muy contrastada.
Aparentemente, los datos no aportan el suficiente soporte para afirmar que los programas de desarrollo rural hayan sido un éxito, aunque sus logros son más que notables a pesar de los escasos recursos disponibles y, además, ocultan un resultado no mensurable pero fundamental. Han conseguido crear y mantener una estructura que, pensada desde lo cercano, trabaja por y para lo cercano: los Grupos de Acción Local, cuyos técnicos se han convertido, sin duda, en referentes sociales de sus comarcas. Han dado voz a sus habitantes y, más importante, han conseguido generar un sentimiento de identidad y pertenencia territorial, de orgullo renovado de ser habitante “rural” que es, sin duda, su principal valor. Han ayudado a cambiar la imagen interna y externa de lo rural.
Sin caer en la exaltación gratuita y las inútiles alabanzas, con sus claroscuros y sus muchas limitaciones, los Programas de Desarrollo Rural, a pesar de no haber alcanzado la mayor parte de los ambiciosos objetivos con que fueron pensados, se han convertido hoy en imprescindibles para el sostenimiento de los espacios rurales.
Si no existieran ya, habría que volver a pensarlos.

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